EL NEGOCIO DE LOS “DISEÑADORES” QUE NO BORDAN
EL NEGOCIO DE LOS “DISEÑADORES” QUE NO BORDAN
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas | 12 de agosto de 2026
@ChiapasEnLaMira
Primero fueron 14 indígenas de Aldama quienes señalaron a Alberto López Gómez por un presunto adeudo cercano a los 600 mil pesos.
Ahora son 11 mujeres indígenas de Chalchihuitán las que decidieron levantar la voz.
Las artesanas acudieron a la Fiscalía de Distrito Altos para denunciar que entregaron textiles y que, entre todas, reclaman alrededor de medio millón de pesos.
Son dos grupos distintos, procedentes de dos municipios indígenas, que señalan al mismo hombre y reclaman cantidades que, en conjunto, superarían el millón de pesos.
Ya no parece un malentendido comercial.
Tampoco una simple cuenta pendiente.
Detrás de estas denuncias comienza a asomarse un modelo de explotación construido sobre el trabajo de mujeres indígenas: ellas tejen, ellas bordan, ellas invierten semanas o meses de su vida y ellas cargan con el costo de los materiales. Otros recogen las prendas, las exhiben, construyen una historia conveniente y se presentan ante el mundo como creadores, diseñadores o salvadores de la tradición.
Ellas ponen las manos.
Ellos ponen el nombre.
Ellas reciben una miseria —cuando reciben algo— y ellos se quedan con los reflectores, las fotografías, las pasarelas, los contactos políticos y el reconocimiento público.
El negocio es redondo: apropiarse del trabajo ajeno, adornarlo con un discurso de identidad indígena y venderlo como emprendimiento cultural.
En distintos municipios de Los Altos de Chiapas, así como en San Cristóbal de Las Casas y Venustiano Carranza, han aparecido hombres que aseguran bordar o encabezar proyectos textiles. Algunos han logrado posicionarse en exposiciones y ferias bajo la versión romántica de que también ellos elaboran las prendas.
Pero las comunidades conocen otra realidad.
En muchas localidades, los hombres se dedican tradicionalmente al campo, mientras las mujeres realizan las labores domésticas, los bordados y el telar de cintura. Eso no significa que ningún hombre pueda aprender o practicar estas técnicas. Significa que no se puede utilizar una excepción como coartada para borrar a quienes realmente elaboran la mayoría de las piezas.
No basta con ponerse una camisa bordada, pararse junto a una artesana y repetir palabras como “tradición”, “comunidad” y “trabajo colectivo”.
Hay que explicar quién hizo cada prenda.
Cuánto tiempo tardó.
Cuánto recibió la artesana.
A qué precio se vendió.
Quién viajó con ella.
Y quién terminó llevándose el reconocimiento.
Resulta todavía más grave que estos personajes aparezcan rodeados de presidentes municipales, diputados, funcionarios y promotores culturales. El acompañamiento político les concede legitimidad, les abre espacios institucionales y les permite presentarse como representantes de comunidades que quizá nunca los eligieron para hablar en su nombre.
Los políticos consiguen la fotografía con los textiles.
Los intermediarios obtienen acceso a ferias y pasarelas.
Las artesanas regresan a sus comunidades sin pago, sin crédito y, en algunos casos, con miedo.
Según los testimonios recabados, algunas mujeres no hablan español y enfrentan enormes obstáculos para denunciar. Otras habrían permanecido calladas por temor a amenazas, represalias o a perder la posibilidad de seguir vendiendo su trabajo.
Ese silencio también produce ganancias.
Mientras ellas no hablen, otros pueden seguir presentándose como autores, diseñadores, gestores y hasta benefactores.
Pero las mujeres comenzaron a romperlo.
Las denuncias de Aldama y Chalchihuitán pueden ser apenas la primera grieta de una estructura más amplia de intermediación, apropiación e invisibilización del trabajo artesanal. Corresponderá a las autoridades investigar y determinar responsabilidades, respetando la presunción de inocencia y garantizando intérpretes para que ninguna denunciante quede indefensa por no hablar español.
Nosotros también seguiremos investigando.
Porque detrás de cada prenda exhibida en una pasarela puede existir una mujer cuyo nombre fue borrado. Detrás de cada supuesto diseñador puede haber decenas de manos que jamás recibieron crédito. Y detrás de cada fotografía con políticos puede esconderse un negocio sostenido con trabajo indígena mal pagado.
Hoy son 14 personas de Aldama y 11 mujeres de Chalchihuitán quienes señalan a Alberto López Gómez por presuntos adeudos que superarían, en conjunto, el millón de pesos.
Mañana conoceremos otros nombres, otros municipios y otras formas de operar.
Durante años les quitaron el pago, el crédito y hasta la voz.
Ahora que las artesanas comenzaron a hablar, habrá más de un “diseñador” preocupado por explicar quién bordó realmente su prestigio.
CONTINUARÁ…
#Chalchihuitán #Aldama #ArtesanasDeChiapas #TextilesDeChiapas #PueblosIndígenas #TrabajoArtesanal #Chiapas #ChiapasEnLaMira
