IAP CHIAPAS: EL MIEDO NO PROFESIONALIZA
IAP CHIAPAS: EL MIEDO NO PROFESIONALIZA
Una institución encargada de enseñar administración pública debería comenzar por saber administrar su propia casa.
Y una funcionaria que sostiene públicamente que los titulares deben tener el perfil correspondiente para ocupar un cargo debería estar preparada para responder una pregunta elemental:
¿ella cumple con el perfil que exige a los demás?
Ese es el dilema que persigue hoy a Lysette Raquel Lameiro Camacho, presidenta y rectora del Instituto de Administración Pública del Estado de Chiapas.
No es únicamente un asunto de TikToks.
No son solamente los bailes.
No son los videos donde trabajadores aparecen remando desde sus escritorios, las actividades de reforestación, los recorridos por colonias, los cursos elementales o la exposición permanente de la imagen de la rectora en las plataformas institucionales.
El problema parece ser mucho más profundo.
Es la transformación de una institución que durante décadas buscó construir prestigio alrededor del conocimiento, la academia y la profesionalización del servicio público, en otra donde trabajadores consultados describen un ambiente de temor, obediencia y silencio.
Y eso sí debería preocupar.
CUANDO EL PERSONAL TIENE MIEDO DE HABLAR
De acuerdo con señalamientos de personas que han laborado o mantienen relación con el Instituto, dentro del IAP existiría un ambiente en el que pocos se atreven a contradecir a la rectora.
Hablan de regaños.
De trato humillante.
De decisiones verticales.
De instrucciones que deben cumplirse aunque internamente sean cuestionadas.
De colaboradores que prefieren guardar silencio por miedo a perder el empleo.
También existen antecedentes públicos de despidos. A principios de 2026 se difundió el caso de seis trabajadores separados del Instituto al cierre del año anterior, acompañado de acusaciones de abuso laboral.
Eso no prueba por sí mismo cada señalamiento interno.
Pero sí obliga a preguntar.
¿Cuántos trabajadores han sido despedidos durante esta gestión?
¿Por qué fueron separados?
¿Cuántos iniciaron procedimientos laborales?
¿Cuántas conciliaciones existen?
¿Cuánto ha pagado o podría pagar el Instituto por conflictos laborales?
¿Existen denuncias internas por hostigamiento, maltrato o abuso de autoridad?
Una institución que enseña gobernanza también debería practicarla.
Una rectora que habla de humanismo tendría que demostrarlo primero con las personas que trabajan bajo su mando.
Porque el humanismo no se proclama en discursos: se ejerce en el trato cotidiano.
EL PERSONAL NO ES ESCENOGRAFÍA
Basta revisar parte de las redes institucionales para comprender otra de las críticas que circulan alrededor de esta administración.
Trabajadores convertidos en protagonistas involuntarios de dinámicas.
Videos recreativos.
Coreografías.
Personal simulando remar desde sus escritorios.
Actividades diseñadas aparentemente para generar interacción en redes.
Puede parecer divertido.
Puede justificarse como estrategia de comunicación.
Puede incluso obtener reproducciones.
Pero existe una frontera que una institución seria no debería cruzar: el trabajador público no puede convertirse en utilería de la imagen de su titular.
Si participa voluntariamente, perfecto.
Pero cuando existe una relación jerárquica entre quien ordena y quien aparece frente a la cámara, la voluntariedad también debería poder demostrarse.
Porque decirle “sal al video” a alguien cuyo empleo depende de quien da la instrucción no es exactamente lo mismo que invitar a participar a un ciudadano cualquiera.
Y esa es otra pregunta que el Instituto podría responder:
¿puede un trabajador del IAP negarse a aparecer en esos videos sin sufrir consecuencia alguna?
Si la respuesta es sí, que lo diga públicamente.
DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA A LOS TIKTOKS
Cuando Lysette Lameiro llegó al Instituto, en diciembre de 2024, prometió fortalecer la profesionalización del servicio público, revisar la oferta académica y convertir al IAP en un referente entre las instituciones de educación superior de Chiapas y del país.
Ese fue su compromiso.
No lo inventó la oposición.
No lo fabricaron los medios.
Lo publicó el propio Instituto.
También presentó entonces un equipo integrado por funcionarios que el IAP describió como personas con experiencia y preparación en sus áreas.
Casi dos años después, la pregunta legítima es cuánto de aquella promesa se convirtió realmente en resultados.
Porque una cosa es tener actividades.
Otra, tener resultados.
Una cosa es firmar convenios.
Otra, transformar administraciones municipales.
Una cosa es impartir cursos.
Otra, construir capacidades permanentes de gobierno.
Y una cosa es tener seguidores.
Otra muy distinta es tener prestigio académico.
LA ENTREVISTA QUE LA PUSO FRENTE AL ESPEJO
En una reciente entrevista, a Lameiro le cuestionaron sobre el uso de las redes oficiales del Instituto para promover actividades como reforestaciones, visitas a colonias y acciones donde su imagen aparece reiteradamente.
Su argumento fue que, como institución educativa, al IAP también le corresponde fomentar que la ciudadanía no tire basura, cuide áreas verdes y participe en reforestaciones.
Hasta ahí puede discutirse.
Pero vino una pregunta mucho más importante:
¿cómo contribuye eso a la profesionalización de los servidores públicos?
Su respuesta fue que contribuye “muchísimo”, porque genera participación ciudadana, reforestación y embellecimiento de la ciudad.
La respuesta deja abierta una cuestión elemental:
¿eso es profesionalización administrativa?
Porque una Escuela de Gobierno no debería confundir educación cívica con formación profesional especializada.
Ambas son valiosas.
Pero no son lo mismo.
Reforestar es positivo.
Recoger basura es positivo.
Cuidar un parque es positivo.
Pero ninguna de esas actividades sustituye la enseñanza de presupuesto público, fiscalización, responsabilidades administrativas, planeación gubernamental, contratación pública, políticas públicas, evaluación, transparencia o gestión municipal.
“EL TITULAR QUE NO TENGA PERFIL, SE VA”
Después llegó probablemente la frase más desafortunada de toda la entrevista.
Al hablar de profesionalización, Lameiro fue cuestionada sobre si el requisito de contar con el perfil adecuado también debía aplicarse a los titulares.
Respondió que sí.
No sólo a directores.
También a titulares.
Incluso explicó que actualmente aquel titular que no cumpla con el perfil o que no lleve correctamente su encomienda, “se va para afuera”.
Qué importante declaración.
Porque desde ese momento la discusión dejó de depender de sus críticos.
La propia Lysette Lameiro estableció el parámetro con el que debe evaluarse su permanencia.
Si un titular debe acreditar conocimientos, experiencia y perfil relacionado con la institución que dirige, entonces la pregunta es inevitable:
¿cuál es el perfil especializado de la rectora para encabezar académicamente el Instituto de Administración Pública?
Que se publique.
Que se explique.
Que se detalle.
No mediante una fotografía.
No con un video.
No mediante una entrevista donde la pregunta termina rodeándose sin ser contestada.
Con documentos.
Trayectoria profesional.
Formación académica.
Experiencia docente.
Investigación.
Publicaciones.
Experiencia en administración gubernamental.
Políticas públicas.
Gestión municipal.
Planeación.
Evaluación.
Porque si el perfil importa para todos, también importa para ella.
HABLAR NO ES LO MISMO QUE ARGUMENTAR
La entrevista dejó además otra debilidad evidente: responder una pregunta no significa necesariamente contestarla.
Cuando se cuestionó la relación entre reforestación y profesionalización, la respuesta derivó hacia participación ciudadana.
Cuando se cuestionó la posible promoción de su imagen desde redes oficiales, Lameiro argumentó que también podría criticarse a alguien por quedarse detrás de un escritorio.
Es decir, cambió el terreno del cuestionamiento.
Nadie está pidiendo que la rectora permanezca encerrada.
Se pregunta otra cosa:
¿por qué la imagen personal de la titular necesita estar vinculada constantemente a actividades que no forman parte evidente de la especialización central del Instituto?
Salir al territorio tampoco es automáticamente gobernar.
Gobernar implica planeación.
Metas.
Presupuesto.
Indicadores.
Ejecución.
Evaluación.
Resultados.
Precisamente aquello que debería enseñar el IAP.
1,143 FUNCIONARIOS NO SON 1,143 AYUNTAMIENTOS
Aquí también debemos ser rigurosos.
El propio Instituto reportó que durante 2025 impartió 27 cursos del Programa de Desarrollo Institucional Municipal, PRODIM, con 1,143 funcionarios municipales capacitados.
Es un dato que debe reconocerse.
Posteriormente informó que 13 municipios recibieron reconocimientos dentro del programa “Cero Observaciones”: Arriaga, Berriozábal, Chilón, Comitán de Domínguez, Escuintla, Huehuetán, La Independencia, Ocosingo, Solosuchiapa, Tonalá, Tuzantán, Villa Comaltitlán y Tecpatán.
Chiapas cuenta actualmente con 124 municipios.
Por eso la comparación correcta no consiste simplemente en decir que “capacitaron a 1,143 personas”.
La pregunta es:
¿qué cobertura territorial real alcanzó el programa?
¿Cuántos de los 124 ayuntamientos participaron integralmente?
¿Cuántos funcionarios corresponden a cada municipio?
¿Hubo municipios donde asistieron decenas y otros donde no participó nadie?
¿Cuántos presidentes municipales fueron capacitados?
¿Cuántos tesoreros?
¿Cuántos contralores?
¿Cuántos directores de Obras Públicas?
¿Cuántos aprobaron realmente evaluaciones de competencias?
¿Cuántos cursos fueron únicamente de asistencia?
¿Cuál fue el impacto posterior?
Porque contar personas inscritas no equivale automáticamente a transformar instituciones.
Y entregar reconocimientos a 13 municipios tampoco permite concluir que se haya logrado una cobertura integral del estado.
El propio Instituto debería publicar esos datos.
Municipio por municipio.
Curso por curso.
Funcionario por funcionario —respetando los datos personales correspondientes—.
Con horas de capacitación, evaluaciones y resultados.
Eso sí sería rendición de cuentas.
EL IAP TAMBIÉN TIENE RESULTADOS; LA DISCUSIÓN ES QUÉ PESAN
Sería injusto negar que durante esta administración existen resultados institucionales.
Se han impartido cursos.
Se han firmado convenios.
Se han otorgado títulos.
Se desarrolló PRODIM.
Se implementó “Cero Observaciones”.
También se han promovido certificaciones y alianzas con otras instituciones.
Pero precisamente porque existen esas acciones resulta innecesario llenar las redes institucionales de ocurrencias.
Una institución académica no necesita bailar para acreditar que está viva.
Necesita producir conocimiento.
¿DÓNDE ESTÁ LA PRODUCCIÓN INTELECTUAL?
Una verdadera Escuela de Gobierno debería ser capaz de responder:
¿Qué investigaciones de alto nivel produjo durante esta administración?
¿Qué diagnóstico realizó sobre los municipios con mayores deficiencias administrativas?
¿Qué estudios publicó sobre corrupción?
¿Qué propuestas elaboró para mejorar la fiscalización municipal?
¿Qué documentos produjo sobre deuda pública?
¿Qué análisis hizo sobre gasto gubernamental?
¿Qué investigaciones realizó sobre evaluación de políticas públicas?
¿Qué propuestas presentó para modernizar administraciones municipales?
¿Qué publicaciones académicas originales surgieron durante la gestión?
¿Qué investigadores externos fueron convocados?
¿Cuántos documentos técnicos están siendo utilizados actualmente por los gobiernos municipales?
Eso debería ocupar las redes del Instituto.
Y todavía hay más posibilidades.
Videos explicando cómo funciona una licitación.
Qué responsabilidades tiene un presidente municipal.
Cómo debe integrarse una cuenta pública.
Cómo funciona una contraloría.
Cómo se construye un presupuesto.
Cómo detectar un conflicto de interés.
Cómo evaluar una política pública.
Cómo evitar observaciones.
Eso sería modernizar al IAP.
Eso sería llevar el conocimiento a TikTok.
Eso sería utilizar las redes para profesionalizar.
Lo otro podrá ser entretenido.
Pero entretenimiento institucional y administración pública no son sinónimos.
LOS RECTORES QUE NO NECESITABAN GRITAR
Quienes conocieron otras etapas del Instituto recuerdan algo que hoy parece haberse perdido.
Hubo titulares cuya autoridad no provenía del miedo.
Provenía del conocimiento.
Entraban a una sala y no necesitaban levantar la voz.
Su trayectoria hablaba por ellos.
Sus libros.
Sus clases.
Su experiencia.
Su capacidad para discutir administración pública con académicos, políticos y funcionarios.
Eso genera respeto.
El miedo genera otra cosa.
Genera silencio.
Y el silencio es particularmente peligroso dentro de una institución.
Porque cuando nadie se atreve a decirle al jefe que está equivocado, el error deja de ser excepción y se convierte en método de gobierno.
Si los testimonios internos sobre el ambiente laboral del IAP son ciertos, ahí se encontraría buena parte del problema de esta administración.
Un equipo que tiene miedo no debate.
No corrige.
No propone.
Obedece.
Y una directora rodeada únicamente de personas que le dicen que sí termina creyendo que cada ocurrencia es una estrategia.
EL HUMANISMO EMPIEZA CON LOS TRABAJADORES
Desde su llegada se habló de una administración humanista.
La palabra se repite constantemente en el discurso gubernamental.
Pero existe una prueba muy sencilla.
¿Cómo trata un funcionario a la secretaria?
Al administrativo.
Al diseñador.
Al trabajador eventual.
Al personal de limpieza.
Al subordinado que piensa distinto.
Al director que se atreve a cuestionar.
Ahí empieza el humanismo.
No en la conferencia.
No en el templete.
No en el TikTok.
No plantando un árbol frente a una cámara.
Si existe personal que asegura haber sido humillado, intimidado o despedido después de diferencias internas, la obligación institucional es aclararlo.
Y si existen demandas laborales, que se transparenten sus resultados cuando jurídicamente corresponda.
Porque utilizar recursos de una institución para presumir humanismo mientras en su interior los trabajadores hablan de miedo sería una contradicción demasiado grande para ignorarla.
¿IAP O PLATAFORMA POLÍTICA?
Desde hace meses también se ha cuestionado la cercanía política y territorial de Lameiro con figuras como Francisco Chacón, secretario del Humanismo.
Aquí debe distinguirse entre colaboración institucional y proselitismo.
Un funcionario puede reunirse con otro.
Puede desarrollar programas conjuntos.
Puede participar en actos oficiales.
Lo cuestionable surgiría cuando la estructura, los trabajadores, las redes y el prestigio de una institución comienzan a utilizarse para construir posicionamientos personales.
Y eso es precisamente lo que debe vigilarse rumbo a 2027.
Que el IAP no termine convertido en un grupo de acompañamiento.
Que sus trabajadores no sean porristas.
Que sus redes no sean propaganda.
Que sus recursos no sirvan para construir aspiraciones.
Y que una institución de casi medio siglo de existencia no quede reducida a plataforma de nadie.
POBRE IAP
Pobre Instituto si esto continúa.
No porque carezca de trabajadores capaces.
Los tiene.
No porque carezca de historia.
La tiene.
No porque carezca de programas.
También los tiene.
El problema es cuando una institución con historia comienza a depender demasiado de la imagen de una sola persona.
El IAP sobrevivirá a Lysette Lameiro.
Como sobrevivió a quienes estuvieron antes.
Y sobrevivirá a quienes vengan después.
La verdadera pregunta será en qué condiciones quedará cuando termine esta administración.
Con qué prestigio.
Con qué personal.
Con cuántos conflictos laborales.
Con qué producción académica.
Con qué credibilidad.
Y con qué recuerdo.
Tal vez algún día llegue una nueva titular o un nuevo titular que comprenda que dirigir una Escuela de Gobierno no consiste en convertir empleados en extras de videos.
Que liderazgo no significa gritar.
Que autoridad no significa intimidar.
Que territorio no significa campaña.
Que comunicación no significa autopromoción.
Que tener ocurrencias no significa innovar.
Y que un cargo académico exige algo que ninguna estrategia digital puede fabricar:
autoridad intelectual.
Y REGRESEMOS AL PERFIL
Al final todo vuelve a las propias palabras de Lysette Lameiro.
Ella dijo que los titulares deben cumplir con el perfil.
Ella dijo que quien no tenga el perfil o no cumpla adecuadamente con su encomienda debe irse.
No lo dijo un adversario.
Lo dijo ella.
Entonces que se aplique el principio completo.
Que abra su currículum.
Que explique su especialización.
Que exhiba su experiencia concreta en administración pública.
Que muestre sus investigaciones.
Sus publicaciones.
Su experiencia académica especializada.
Sus resultados.
Su capacidad para dirigir una Escuela de Gobierno.
Y después que los ciudadanos juzguen.
Porque la recomendación política puede conseguir un nombramiento, pero no puede fabricar conocimiento.
El miedo puede conseguir obediencia, pero no respeto.
Las redes pueden conseguir vistas, pero no prestigio.
Una fotografía puede construir imagen, pero no trayectoria.
Y un cargo puede convertir a alguien en rectora por decreto institucional.
Pero ningún nombramiento convierte automáticamente a una persona en autoridad académica.
Ese reconocimiento se gana.
Con conocimiento.
Con resultados.
Con liderazgo.
Con respeto al personal.
Y, sobre todo, con el perfil que ella misma dice que todo titular debe tener.
