GUILLERMO SANTIAGO: DE “LA GRAN ROBADERA” A LOS ABRAZOS CON EL PODER

 GUILLERMO SANTIAGO: DE “LA GRAN ROBADERA” A LOS ABRAZOS CON EL PODER

GUILLERMO SANTIAGO: DE “LA GRAN ROBADERA” A LOS ABRAZOS CON EL PODER

Hay políticos que apuestan a que la ciudadanía no tiene memoria.

Guillermo Santiago Rodríguez parece jugar demasiado con esa posibilidad.

Porque para entender al diputado federal que hoy busca posicionarse en Tuxtla Gutiérrez rumbo a 2027, no basta con mirar sus caminatas, sus videos, sus eventos o las fotografías donde aparece cerca del poder.

Hay que revisar al Guillermo Santiago de hace algunos años.

Al joven político de San Cristóbal de Las Casas que hablaba fuerte.

Al que denunciaba.

Al que señalaba.

Al que se presentaba como parte de una generación que supuestamente venía a romper con las viejas prácticas de la política chiapaneca.

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿QUÉ QUEDÓ DE AQUEL GUILLERMO SANTIAGO?

EL GUILLERMO DE “LA GRAN ROBADERA”

En 2017, siendo diputado federal, Guillermo Santiago recorrió Chiapas con una campaña bautizada como “La Gran Robadera”.

Su blanco político era el gobierno de Manuel Velasco Coello.

Santiago hablaba de corrupción, abandono, obras deficientes, problemas en salud, educación, infraestructura y seguridad.

Era un discurso potente.

Y políticamente rentable.

Porque mientras otros guardaban silencio, Guillermo se colocaba frente a una cámara y señalaba al poder.

Aquella campaña le ayudó a construir una imagen: la del joven morenista que no tenía miedo de enfrentarse al gobierno estatal.

Ese Guillermo Santiago incomodaba.

Ese Guillermo denunciaba.

Ese Guillermo recorría Chiapas hablando de corrupción y de los excesos de quienes gobernaban.

Pero los años pasaron.

Cambió el gobierno.

Cambió la correlación de fuerzas.

Y también cambió Guillermo.

Dentro de aquella estructura política de los tiempos de Manuel Velasco estuvo Eduardo Ramírez Aguilar, quien fue secretario general de Gobierno y posteriormente continuó construyendo su propia carrera política hasta convertirse en gobernador de Chiapas.

Aclaremos algo:

Eso no significa que Guillermo Santiago haya responsabilizado personalmente a Eduardo Ramírez de todo aquello que denunciaba como “La Gran Robadera”.

Pero políticamente resulta imposible borrar que Eduardo Ramírez fue una figura importante dentro de aquella administración que Guillermo Santiago convirtió durante años en símbolo de aquello contra lo que Morena decía luchar.

Y Guillermo tampoco escondía su distancia política.

“CON EDUARDO, NI A LA ESQUINA”

Durante aquellos años circuló una frase atribuida a Guillermo Santiago que terminó convirtiéndose prácticamente en una definición de su postura:

“Con Eduardo Ramírez, ni a la esquina”.

Hoy la fotografía es completamente distinta.

Ahora Guillermo acompaña al gobernador.

Coincide con él.

Lo reconoce públicamente.

Aparece en eventos.

Sonríe.

Se acerca.

Y políticamente lo abraza.

Del:

“NI A LA ESQUINA”

al:

“NUESTRO GOBERNADOR”.

Así de larga puede volverse una esquina cuando existe una candidatura al final de la calle.

Y aquí no se trata de decir que dos personajes políticos jamás puedan reconciliarse.

Por supuesto que pueden.

La política exige acuerdos.

Las circunstancias cambian.

Las personas también pueden modificar sus opiniones.

El problema comienza cuando alguien cambia radicalmente de posición y pretende hacerlo como si la memoria colectiva también hubiera cambiado.

Porque Guillermo Santiago construyó parte de su capital político cuestionando a quienes representaban determinado sistema.

Hoy necesita convivir con ese sistema.

Antes denunciaba.

Ahora sonríe.

Antes marcaba distancia.

Ahora busca cercanía.

Antes decía:

“NI A LA ESQUINA”.

Hoy resulta políticamente conveniente estar en la misma fotografía.

Y entonces vale preguntar:

¿CAMBIÓ EDUARDO RAMÍREZ, CAMBIÓ GUILLERMO SANTIAGO O SIMPLEMENTE CAMBIARON LAS NECESIDADES POLÍTICAS DE MEMITO?

NO ES EL ABRAZO, ES LA MEMORIA

Ese es el verdadero asunto.

No molesta el abrazo.

Molesta la falta de explicación.

Que Guillermo Santiago se reúna con el gobernador no debería escandalizar a nadie.

Es diputado federal.

Representa un distrito de Chiapas.

Tiene obligaciones institucionales.

Pero una cosa es mantener una relación institucional y otra muy diferente borrar convenientemente el discurso con el que se construyó una carrera política.

Si Guillermo cambió de opinión, puede decirlo.

Si considera que Eduardo Ramírez es hoy un político diferente, puede explicarlo.

Si cree que se equivocó cuando lo cuestionaba, puede reconocerlo.

No pasa nada.

También se vale decir:

“Me equivoqué”.

Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es comportarse como si aquellas palabras nunca hubieran existido.

Porque sí existieron.

Hay memoria.

Hay archivos.

Hay videos.

Hay publicaciones.

Hay declaraciones.

Y hay ciudadanos que recuerdan.

PARA SEGUIR EN EL SISTEMA

La política mexicana tiene una regla que rara vez aparece escrita, pero que demasiados conocen:

Para sobrevivir dentro del sistema hay que acomodarse.

Hoy atacas.

Mañana negocias.

Pasado mañana abrazas.

Y después aseguras que siempre estuvieron del mismo lado.

Hay políticos capaces de tragarse discursos completos con tal de conservar una silla en la mesa.

Dicho sin maquillaje:

hay una política en la que, para seguir comiendo del sistema, algunos terminan dispuestos hasta a comer mierda.

Comerse sus palabras.

Comerse sus ataques.

Comerse sus diferencias.

Comerse aquello que juraron que jamás aceptarían.

Y después sonreír para la fotografía.

Eso es precisamente lo que vuelve relevante revisar la trayectoria de Guillermo Santiago.

No porque esté prohibido cambiar.

Sino porque la congruencia también debería formar parte del currículum de quien pretende gobernar una ciudad.

MEMITO QUIERE TUXTLA

Guillermo Santiago nació políticamente en San Cristóbal de Las Casas.

Fue dirigente estudiantil.

Militante de Morena.

Llegó a la Cámara de Diputados mediante la tómbola de Morena y por la vía plurinominal.

Fue director general del Instituto Mexicano de la Juventud.

Después regresó a la Cámara de Diputados, ahora electo por mayoría en el Distrito 9 de Tuxtla Gutiérrez.

Y hoy su nombre aparece entre quienes buscan posicionarse rumbo a la candidatura de Morena para la Presidencia Municipal de Tuxtla en 2027.

Y entonces comienza nuevamente el ritual.

Caminar.

Saludar.

Grabar videos.

Tomarse fotografías.

Acercarse a colonias.

Abrazar gente.

Construir simpatías.

Buscar estructuras.

Aparecer donde antes no aparecía.

Todo eso es perfectamente legítimo.

Está en su derecho.

Pero también es perfectamente legítimo que la ciudadanía revise el archivo del personaje que ahora pretende gobernar la capital.

Porque una elección no debería comenzar borrando el disco duro de la memoria colectiva.

¿Y “LA GRAN ROBADERA”?

Aquí aparece quizá una de las preguntas más incómodas para Guillermo Santiago.

¿Qué pasó con aquella gran cruzada política?

¿Qué ocurrió con todo lo que denunció?

¿Qué seguimiento tuvieron aquellas acusaciones?

¿Qué resultados dejaron?

¿Qué pasó con toda aquella información que decía haber reunido durante sus recorridos?

¿Qué hizo después desde el poder federal para dar continuidad a aquella lucha?

Porque denunciar cuando uno está abajo es relativamente sencillo.

Lo complicado es sostener las denuncias cuando uno llega arriba.

Ahí es donde la congruencia deja de ser discurso y empieza a tener costo.

Es fácil señalar al poderoso cuando se encuentra enfrente.

Lo difícil es sostener la misma postura cuando ese poderoso, o quienes formaron parte de aquel sistema, pueden convertirse mañana en aliados necesarios.

Y ahí se mide la política.

No frente a una cámara.

No en TikTok.

No caminando una colonia.

No levantando la mano entre simpatizantes.

Se mide frente al poder.

DEL JOVEN REBELDE AL POLÍTICO PROFESIONAL

Guillermo Santiago ya no es aquel muchacho universitario que podía presentarse simplemente como activista.

Ha sido diputado federal.

Fue funcionario del Gobierno de México durante varios años.

Volvió a convertirse en diputado federal.

Tiene relaciones nacionales.

Tiene estructura.

Tiene operadores.

Conoce perfectamente cómo funciona Morena.

Conoce cómo se negocian posiciones.

Conoce cómo se construyen candidaturas.

Y conoce perfectamente el sistema que antes aseguraba combatir.

Por eso ya no puede vender eternamente la imagen del muchacho rebelde que pelea contra los poderosos.

GUILLERMO SANTIAGO YA ES PARTE DEL PODER.

Y esa es precisamente la vara con la que debe medirse.

No por lo que promete combatir.

Sino por aquello que está dispuesto a combatir cuando hacerlo puede costarle políticamente.

Porque valentía política no es patear al que va saliendo.

Valentía política es cuestionar al que puede decidir mañana si usted aparece o no en una candidatura.

LA POLÍTICA RASTRERA

Existe otra forma de hacer política.

La del personaje que detecta hacia dónde sopla el viento y rápidamente acomoda la vela.

La del que ayer despreciaba al poderoso y hoy procura aparecer cerca de él.

La del que cambia de discurso cuando cambia el dueño de la silla.

La del que descubre virtudes extraordinarias en quienes antes representaban todo aquello que cuestionaba.

Esa es la política que muchos califican como servil y rastrera.

No porque dialogar con un gobernador sea servil.

No porque coincidir con él sea incorrecto.

Sino porque resulta rastrero renunciar silenciosamente a todo lo que ayer se decía únicamente porque hoy conviene estar cerca del poder.

Y si Guillermo Santiago considera que su opinión sobre Eduardo Ramírez cambió, tiene una salida muy sencilla:

Que lo explique.

Que diga:

Me equivoqué.

Cambió él.

Cambié yo.

Estas son mis razones.

Esto pensaba antes.

Esto pienso ahora.

Eso sería políticamente mucho más digno que apostar a que nadie encontrará las declaraciones anteriores.

PORQUE SÍ HAY MEMORIA

Ese es quizá uno de los grandes errores de la clase política chiapaneca.

Creer que cada proceso electoral comienza desde cero.

Que nadie recuerda.

Que Facebook olvidó.

Que las entrevistas desaparecieron.

Que los periódicos terminaron en la basura.

Que los videos se borraron.

Que las palabras dejaron de existir.

No.

SÍ HAY MEMORIA.

Y Guillermo Santiago tendrá que caminar rumbo a 2027 acompañado no solamente de sus operadores, sus simpatizantes y sus aspiraciones.

También caminará acompañado de su archivo.

Del diputado de “La Gran Robadera”.

Del político que cuestionaba al velasquismo.

Del hombre al que se atribuyó aquella frase:

“Con Eduardo Ramírez, ni a la esquina”.

Y del diputado que ahora acompaña, reconoce y abraza políticamente al mismo Eduardo Ramírez.

Eso también estará presente rumbo a 2027.

Porque antes de preguntar si Guillermo Santiago puede gobernar Tuxtla, habría que preguntarnos algo todavía más elemental:

¿QUÉ TANTO VALE LA PALABRA DE UN POLÍTICO CUANDO EL PODER CAMBIA DE MANOS?

Y otra:

SI PARA LLEGAR A LA ALCALDÍA HAY QUE TRAGARSE TODO LO QUE AYER SE DIJO, ¿QUÉ MÁS ESTARÁ DISPUESTO A TRAGARSE MEMITO CON TAL DE SEGUIR DENTRO DEL SISTEMA?

Guillermo Santiago es apenas uno de los nombres que ya comienzan a moverse rumbo a 2027.

Y vamos a seguir.

SEGUIREMOS CON LOS ASPIRACIONISTAS A PUESTOS DE ELECCIÓN POPULAR EN CHIAPAS.

¿Quiénes son?

¿De dónde vienen?

¿Qué han hecho?

¿Qué prometieron?

¿A quiénes criticaron ayer y con quiénes se abrazan hoy?

¿Qué cargan en su historia política?

¿Quién los impulsa?

¿A quién le deben favores?

¿Y qué parte de su pasado preferirían que la ciudadanía olvidara?

Aquí iremos revisando su radiografía.

Uno por uno.

Una por una.

Porque antes de pedir el voto hay que pasar por la memoria.

NOS LEEMOS.

Chiapas en la Mira

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