LOS DIPUTADOS QUE LEGISLAN DERECHOS Y NIEGAN LOS PROPIOS: LA HIPOCRESÍA VESTIDA DE AUTONOMÍA

 LOS DIPUTADOS QUE LEGISLAN DERECHOS Y NIEGAN LOS PROPIOS: LA HIPOCRESÍA VESTIDA DE AUTONOMÍA

LOS DIPUTADOS QUE LEGISLAN DERECHOS Y NIEGAN LOS PROPIOS: LA HIPOCRESÍA VESTIDA DE AUTONOMÍA

@ChiapasEnLaMira | Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 26 de agosto de 2026

Hay una escena que resume todo lo que hay que saber del Congreso del Estado: mujeres de más de sesenta años, con más de tres décadas cargando el peso administrativo de ese poder, tocando la puerta de la Junta de Coordinación Política para pedir lo mínimo —una jubilación, una pensión, el derecho a enfermarse sin arruinarse— y del otro lado, Mario Guillén Guillén haciéndose el occiso. No contesta. No niega.

Simplemente desaparece, como si la dignidad laboral fuera un tema que se resuelve solo, por desgaste, esperando que las trabajadoras se cansen o se mueran primero. Porque algunas ya se están muriendo.

Es una ironía que debería darles vergüenza, si es que a estas alturas alguna les queda: el mismo Congreso que aprueba leyes «fast track» cuando hay un interés político que atender, cuando hay que blindar a un funcionario o acomodar una reforma al vapor, se vuelve un pantano burocrático en cuanto quien exige es una secretaria con cáncer que ya pagó de su bolsillo lo que el Estado debió cubrirle.

El IMSS que les dieron no es un derecho, es una simulación: medicina preventiva sin hospitalización, afiliación sin semanas cotizadas, membresía de adorno para que en el papel todo parezca legal.

Y aquí vale preguntarse, sin ánimo de ser generosos: ¿de qué le sirve a Chiapas una diputada como Marcela Castillo si su silencio ante este atropello es exactamente igual de elocuente que la cerrazón de Guillén? Se le pide escuchar a las trabajadoras que Mario Guillén ya bateó hacia la Mesa Directiva, un peloteo digno de cualquier oficina donde nadie quiere firmar nada.

Si la respuesta es, otra vez, el silencio institucional, entonces la pregunta deja de ser si les importa, y pasa a ser: ¿a quién sí le rinden cuentas estos diputados, si no es ni siquiera a quienes trabajan para ellos todos los días?

Que nadie se llame a engaño: esto no es negligencia, es desprecio de clase con nombre propio. Mario Guillén Guillén batea a mujeres enfermas con la misma frialdad con la que firma su nómina, y Marcela Castillo se refugia en un silencio que la hace tan responsable como él, porque callar también es gobernar en contra de la gente.

El Congreso del Estado no protege a sus trabajadoras porque no las necesita para ganar una elección; las necesita calladas, agradecidas y, si hace falta, muertas antes de cobrar una pensión que nunca pensaron pagarles.

Esa es la autonomía legislativa que tanto presumen: la libertad absoluta de no rendirle cuentas a nadie, ni siquiera a quienes les sostienen el escritorio.

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