LO QUE SE DISFRAZA DE HUMOR: CHIAPAS Y EL LENGUAJE QUE NORMALIZA EL ABUSO

 LO QUE SE DISFRAZA DE HUMOR: CHIAPAS Y EL LENGUAJE QUE NORMALIZA EL ABUSO

Screenshot

Tuxtla Gutiérrez | 2 de julio de 2026

PRIMERA PARTE

Esta semana Chiapas fue testigo de la barbarie en Sabanilla, donde un menor de 10 años fue víctima de abuso sexual grabado y viralizado. Hubo quien intentó decir que no era cierto, que había sido una «broma».

Antes de esto, ya se había denunciado ante las autoridades otra amenaza que sigue sin respuesta: el presidente de Oxchuc amenazó vía telefónica a otra persona con mandarla a violar si no se alineaba a él.¿Es entre adultos y por eso se justifica?

¿Por qué Chiapas identifica como «chiste» o «humor» lo que en el fondo es lo mismo: abuso, violencia?

El acto, la amenaza y el chiste parten de la misma certeza: que se puede hacer, decir o amenazar sin consecuencia. Esa certeza se hereda, en una sociedad que decide, generación tras generación, qué le está permitido a quien tiene poder frente a quien no lo tiene.

Un pueblo que celebra al que abusa, ríe la amenaza y archiva el abuso como anécdota no es ingenuo: sostiene la creencia de que ciertos cuerpos —los de la infancia— pueden usarse según el capricho de quien manda.
Nombrarlo es el primer paso para dejar de repetirlo.

En medio de estos casos, Patricia Chandomí cuestionó públicamente a Paxtor por llamar «coyolitos tiernos» a menores de edad. Escribió textualmente: «Para mí no es chistoso que el creador de contenido chiapaneco Paxtor salga con niños de 14 años a tocarlos y acosarlos y haga apología de que son ‘coyolitos tiernos’ eso es pdfilia disfrazada de ‘humor’ y normalizada por sus seguidores.»

Sabanilla, Oxchuc, Paxtor. Tres casos, un mismo patrón: Chiapas que trata, minimiza y hasta ríe frente a lo que le hace daño a su infancia.

Paxtor respondió con un video donde minimizó el señalamiento llamándolo «chisme» y «argüende», y llamó a sus seguidores a comentar en las publicaciones de quien lo cuestionaba. Esa respuesta será tema de la segunda parte de este texto.

El propio Paxtor dijo en su video, casi de pasada, una frase que merece recordarse: «las redes sociales no son un juego.» Tiene razón. No lo fueron para el niño de Sabanilla, ni para su familia, ni para nadie que haya sido nombrado, exhibido o etiquetado sin poder decidir cómo.

Lo que no cuadra es que, sabiendo eso, siga usando el mismo espacio para minimizar señalamientos serios y siga llamando a menores de edad «coyolitos tiernos», como si nombrarlos así no tuviera ninguna consecuencia.

¿DE QUÉ PARECE NO TOMAR CONCIENCIA PAXTOR?

Lo social y lo cultural:
¿Cuántos casos de abuso como el de Sabanilla nunca se conocen, porque se normalizan bajo el argumento de «usos y costumbres»?

¿Qué tan común es todavía justificar el abuso diciendo que «el niño se lo buscó» o que «así son las cosas aquí»?

¿Cuántos abusos empiezan con el «piropo» sexualizado que padres y madres normalizan hacia niñas, niños y adolescentes, sin ver ahí su inicio?

Los espacios públicos y digitales:
¿Cuántos antros y centros nocturnos en Tuxtla y otros municipios dejan entrar menores con credenciales alteradas, exponiéndolos a situaciones de abuso?

¿Cuántos abusos han ocurrido al interior de esos lugares, a la salida, o cuántos menores han sido sustraídos de ahí —aunque después «aparezcan»— sin que nadie lo cuente como el abuso que fue?

¿Cuántas niñas y niños han sido expuestos a un posible abuso en redes sociales, sin su consentimiento, en nombre del contenido y las visitas?

El círculo cercano:
¿Cuántos abusos vienen de la propia familia, de un vecino, del compadre de los padres, de un amigo de confianza, sin que nadie lo nombre como lo que es?

¿Cuántos abusos han comenzado obligando a un niño o niña a dar el abrazo, el beso o a sentarse en las piernas de un adulto, para luego escalar a tocamientos indebidos, sin que pase nada porque «es familiar» o «es amigo»?

¿Cuántos abusos ocurren en fiestas familiares, y se callan después con tal de no «arruinar la reunión» o de seguir «conviviendo» con el abuso como si nada?

Las instituciones que deberían proteger:
¿Cuántos abusos ocurren entre menores, de uno más grande hacia uno más chico, en la misma escuela, en la familia, en el vecindario?

¿Cuántos abusos cometidos por maestros o entrenadores han sido protegidos por la institución en turno, en vez de investigados?

¿Cuántos abusos han ocurrido en centros religiosos, protegidos por el silencio que se le debe «al respeto» hacia quien dirige la fe?

¿Cuántas denuncias de abuso se archivan simplemente porque el agresor «es gente conocida en el pueblo»?

¿Sabrá Paxtor la frustración y la impotencia que se siente al denunciar un abuso y no ser escuchado, no ser creído, o ver cómo el caso se diluye entre «así es la gente de aquí»?

¿Habrá quienes todavía guardan, en voz baja, el recuerdo de un abuso que hizo desaparecer a bebés de instituciones que debían protegerlos, sin que nadie investigara, sin que nadie preguntara qué pasó?

El país entero:
¿Sabrá Paxtor la situación de este México en materia de turismo sexual infantil, y el riesgo que representó el Mundial 2026?

Previo y durante el Mundial, UNICEF y distintas organizaciones lanzaron campañas de alerta —»Tarjeta Roja», «Mundial sin Trata»— por el riesgo real de aumento en ese delito en México, que ocupa el segundo lugar mundial, solo detrás de Tailandia.

Pero el problema no dependió únicamente del Mundial: existe aquí con o sin evento deportivo de por medio, y eso ya es gravísimo por sí solo.

Esas campañas no salieron «nomás porque sí»: respondieron a un patrón documentado que se repite en cada evento masivo, y que empeora la situación de lo que ya sucede de por sí.

¿Sabrá Paxtor que, además de promocionar lo bello de Chiapas, existe también el giro negro del turismo sexual infantil en el mismo territorio que retrata?

¿Sabrá Paxtor cuántos adultos han practicado relacionarse con niños y adolescentes a cambio de dinero, protección o visibilidad?

Chiapas no es ajeno a ese patrón: en el ejercicio de la cobertura periodística en Tuxtla, Tapachula y municipios de Los Altos, las señales de ese mismo fenómeno también se han hecho visibles.

¿Por qué ocurre aquí?
Porque pueden. Porque hay impunidad. Porque se disfraza de chiste. Porque se justifica como costumbre. Porque la pobreza empuja. Porque, entre todo eso, termina normalizado.

La pregunta que Chiapas todavía no responde es si está preparado para asumir su parte en ese riesgo, o si va a seguir tratando el abuso como un chiste hasta que sea demasiado tarde para decir que no lo vio venir.

Nadie está diciendo que Paxtor haya cometido un delito comprobado; eso no está establecido y no me toca a este medio decidirlo.
Lo que sí pasa es que, con miles de seguidores y seguidoras, cada vez que llama a un menor «coyolito tierno» enseña a su audiencia a mirar hacia otro lado.

Normaliza el abuso y se le va encima a quien lo señala.

Y si de verdad es una figura pública, con el alcance que tiene, ejercer un poco de autocrítica no debería ser mucho pedir.

Nadie le pide que deje de hacer contenido, ni que deje de ser querido por su gente.

Se le pide algo más simple: que revise lo que dice, que entienda por qué no es sano —aunque lo haya aprendido así en su origen— y que decida, por una vez, generar el cambio en lugar de organizar la defensa desde un ego herido.

Esto no se trata solo de un creador de contenido: es un Chiapas que tiene el abuso normalizado desde su propio lenguaje, uno que ni siquiera se reconoce como violento porque siempre se dijo así, porque «así hablamos aquí».

Con esa lógica, cualquier acto de abuso puede disfrazarse de chiste, y con la etiqueta de broma se asume que «no pasa nada».

Ahí queda también la pregunta sobre el consentimiento: ¿qué puede decir realmente un menor que «participa», cuando fue enseñado, indicado, dirigido por un adulto que después se deslinda de cualquier responsabilidad? Un niño no consiente lo que un adulto le enseñó a repetir; solo obedece.

Queda pendiente, también, la pregunta de por qué Chiapas sigue en los últimos lugares en tantos indicadores —de desarrollo, de justicia, de protección a la infancia—, mientras desde el propio gobierno del estado el ejemplo tampoco ayuda: un gobernante que parece más ocupado en comportarse como influencer, de show en show, que en gobernar un estado que suma abuso tras abuso.

Cuando el propio gobierno pierde la investidura, no extraña que el pueblo cambie la indignación por la risa.

Chiapas en la Mira

Posts Relacionados