CHILO FLORES: MIENTRAS UNOS HABLAN DE CONSERVACIÓN, ÉL CRÍA MILES DE IGUANAS EN CHIAPAS
En Chiapas estamos acostumbrados a escuchar discursos sobre biodiversidad.
Funcionarios inauguran eventos, ofrecen conferencias, se toman fotografías frente a animales silvestres y repiten que el estado es una potencia natural. Después termina el acto, se retiran las cámaras y todo continúa igual.
En Arriaga, Cecilio “Chilo” Flores construyó otra historia.
No levantó una campaña publicitaria. Levantó un criadero.
Desde 2006, su familia trabaja en la UMA La Cabaña, un espacio dedicado a reproducir iguanas verdes bajo un esquema de manejo autorizado. El proyecto nació con una idea concreta: evitar que cada persona que quiera una iguana tenga que sacarla del monte.
La lógica es directa: si existe una alternativa legal, controlada y verificable, disminuye la presión sobre los ejemplares silvestres.
Pero tampoco se trata de romantizar cualquier criadero.
Tener miles de animales bajo manejo implica responsabilidades: bienestar, alimentación, control sanitario, trazabilidad, supervisión ambiental y documentación de cada ejemplar que sale del lugar. Una UMA no es una patente de corso; debe operar conforme a un plan aprobado por la autoridad ambiental.
La iguana verde no es una mercancía cualquiera. La legislación mexicana la mantiene bajo protección especial y su comercio requiere demostrar procedencia legal.
Por eso La Cabaña merece atención, pero también acompañamiento institucional y vigilancia permanente. Reconocer un proyecto productivo no significa renunciar a la rendición de cuentas.
En 2024 se reportó que el criadero albergaba alrededor de 33 mil ejemplares y producía cerca de cuatro mil por temporada. En redes sociales, Flores continúa mostrando nacimientos, técnicas de manejo y espacios ocupados por miles de crías.
La pregunta es inevitable:
¿Cuántos proyectos chiapanecos trabajan con ese nivel de continuidad y cuántos reciben respaldo técnico, promoción responsable o acceso a programas de conservación?
Chilo Flores entendió algo que muchas instituciones todavía no comprenden: la protección de la naturaleza no se sostiene únicamente con prohibiciones. También necesita alternativas legales, empleo, conocimiento, seguimiento científico y comunidades que encuentren valor en mantener vivas las especies.
Mientras otros convierten la biodiversidad en un eslogan, en Arriaga una familia lleva dos décadas aprendiendo cómo nacen, comen y se reproducen miles de iguanas.
Eso merece ser contado.
Pero también merece ser vigilado, fortalecido y documentado.
Porque conservar no es posar junto a un animal.
Es garantizar que siga existiendo
