PAXTOR Y EL LIDERAZGO DE UNA COMUNIDAD SOCIODIGITAL QUE PREFIRIÓ LOS ATAQUES ANTES QUE RESPONDER POR EL USO DE LENGUAJE SEXUALIZADO HACIA MENORES DE EDAD
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PAXTOR Y EL LIDERAZGO DE UNA COMUNIDAD SOCIODIGITAL QUE PREFIRIÓ LOS ATAQUES ANTES QUE RESPONDER POR EL USO DE LENGUAJE SEXUALIZADO HACIA MENORES DE EDAD
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas | 6 de agosto de 2026
TERCERA PARTE
A una persona se le conoce cuando recibe aplausos.
Pero se le conoce mucho más cuando recibe una crítica.
Fue ahí donde Paxtor mostró cómo entiende el liderazgo que ejerce sobre su comunidad sociodigital.
El señalamiento era concreto: el uso de expresiones y conductas con connotación sexual dirigidas hacia menores de edad.
Frente a ese cuestionamiento, un liderazgo responsable habría reconocido el error, ofrecido una disculpa y corregido su lenguaje.
Paxtor no hizo nada de eso.
No reconoció el error.
No pidió disculpas.
No rectificó.
Prefirió convertir el cuestionamiento en una confrontación y movilizar a su comunidad sociodigital contra quienes se atrevieron a señalarlo.
Convocó públicamente a sus seguidores para acudir a las publicaciones donde se le cuestionaba.
Lo que siguió era previsible: insultos, descalificaciones, ataques personales y expresiones por razón de género dirigidas contra Patricia Chandomí y contra otras personas que respaldaron ese cuestionamiento.
Eso tiene un nombre: brigadeo.
Consiste en movilizar a una audiencia para intervenir de manera coordinada en los espacios digitales de otra persona. Cada usuario responde por sus propios comentarios, pero quien convoca a miles de seguidores también tiene una responsabilidad ética sobre el ambiente que decide crear.
En ese momento dejó de discutirse el uso de lenguaje y conducta sexualizada hacia menores de edad.
La conversación fue desplazada hacia una campaña de ataques contra quienes hicieron el señalamiento.
Ese momento definió mucho mejor el liderazgo de Paxtor que cualquiera de sus videos.
Porque una comunidad termina pareciéndose a quien la dirige.
Si el mensaje que recibe una audiencia es atacar a quien cuestiona, el líder deja de formar personas capaces de debatir y comienza a formar seguidores dispuestos a obedecer, confrontar y desacreditar.
Quien influye sobre miles de personas tiene una responsabilidad que va mucho más allá del entretenimiento. También contribuye a definir qué conductas se normalizan y cuáles se rechazan.
Normalizar el uso de lenguaje y conducta sexualizado hacia menores de edad no es una diferencia de estilos ni una ocurrencia.
Es normalizar lo inaceptable.
Pero este episodio también retrata una realidad incómoda de Chiapas.
Todavía existe un amplio sector de la sociedad que normaliza formas de violencia contra niñas, niños y adolescentes sin siquiera reconocerlas como tales. Lo más grave es que, cuando alguien las señala, muchas personas reaccionan atacando a quien hace el cuestionamiento antes de detenerse a reflexionar sobre el fondo.
No analizaron el argumento.
No discutieron la conducta.
No se preguntaron si aquello que durante años han considerado normal quizá nunca debió serlo.
Simplemente siguieron la convocatoria.
Eso revela una preocupante ausencia de pensamiento crítico.
Cuando una comunidad responde por lealtad antes que por reflexión deja de comportarse como una ciudadanía crítica y comienza a actuar como una horda digital: un grupo que reacciona al llamado de su líder, ataca a quien señala un problema y rara vez se detiene a cuestionar si aquello que defiende es correcto.
Una comunidad que deja de pensar para obedecer termina siendo mucho más fácil de manipular.
No basta con responsabilizar siempre a los gobiernos por los rezagos de Chiapas.
Las sociedades también son responsables de aquello que deciden justificar, aplaudir o normalizar.
Cuando cientos de personas son incapaces de reconocer una conducta cuestionable, incluso después de que se les señala, el problema deja de ser únicamente de quien emitió la expresión.
También es el reflejo de una sociedad que ha normalizado tanto ciertas formas de violencia que ya ni siquiera logra identificarlas.
No es casualidad que Chiapas siga enfrentando enormes rezagos en educación, participación ciudadana y cultura democrática. Una ciudadanía que responde con fanatismo antes que con argumentos difícilmente exigirá mejores gobiernos, instituciones más sólidas o liderazgos más responsables.
El pensamiento crítico comienza cuando somos capaces de cuestionar incluso a quienes admiramos.
La popularidad jamás sustituye la fuerza de los argumentos.
Rectificar no debilita un liderazgo.
Lo fortalece.
Reconocer un error, pedir disculpas y corregir una conducta demuestra responsabilidad.
Negarse a hacerlo y utilizar la influencia para movilizar seguidores contra quienes hicieron un señalamiento demuestra exactamente lo contrario.
Ese contraste ya se vio a nivel nacional hace unos meses. Wendy Guevara, señalada por comentarios de contenido sexual hacia menores de edad en transmisiones de hace varios años, no convocó a su comunidad para atacar a quienes la cuestionaron. Reconoció el error, ofreció una disculpa pública y se hizo responsable de sus palabras, aceptando que su manera de entender el tema ha cambiado con el tiempo. No canceló el debate ni lo desvió.
En Chiapas lo que se ve no ha sido únicamente un creador de contenido incapaz de reconocer un error.
También fue una parte de la sociedad que decidió defenderlo sin detenerse siquiera a reflexionar sobre el fondo del señalamiento.
Da pena ajena ver cómo una discusión sobre el uso de lenguaje sexualizado hacia menores de edad terminó convertida en una competencia de insultos contra quien se atrevió a cuestionarlo.
Da pena ajena que para tantas personas sea más fácil atacar a quien señala una posible forma de violencia que preguntarse si esa conducta debe seguir normalizándose.
Y da más pena todavía que, en lugar de formar comunidades capaces de pensar, debatir y rectificar, se estén formando comunidades que obedecen, atacan y aplauden sin cuestionar.
Ninguna sociedad avanza mientras normaliza lo inaceptable y castiga el pensamiento crítico.
Quizá por eso Chiapas sigue arrastrando tantos rezagos.
Porque el problema no siempre está únicamente en quienes gobiernan.
A veces también está en lo que una sociedad decide defender.
