CHIAPAS EN LA MIRA: PERIODISMO, DENUNCIA Y EL DERECHO A INCOMODAR

 CHIAPAS EN LA MIRA: PERIODISMO, DENUNCIA Y EL DERECHO A INCOMODAR

CHIAPAS EN LA MIRA: PERIODISMO, DENUNCIA Y EL DERECHO A INCOMODAR

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas | 20 de septiembre de 2026

@ChiapasEnLaMira

El problema del CESMECA no comenzó con el cese de cuatro académicas. Para entonces, el conflicto ya llevaba tiempo creciendo entre denuncias, silencios institucionales y relaciones de poder que nadie quiso —o pudo— resolver a tiempo. Lo que hoy vemos públicamente es apenas la parte visible de una disputa mucho más profunda dentro de un espacio académico que, paradójicamente, ha hecho del estudio del poder y las violencias parte de su propia razón de ser.

EL CONFLICTO: TRES PARTES, TRES VERSIONES

Esto no es solo un conflicto laboral. No lo es en absoluto.

Hay tres partes en conflicto.

Las personas denunciantes sostienen que hubo violencia académica, acoso laboral, racismo y exclusión. Dicen también que esto no empezó ahora. Según sus testimonios, viene desde administraciones pasadas: desde José Rodolfo Calvo Fonseca, pasando por Juan José Solórzano Marcial, hasta la actual rectora, Juana de Dios López Jiménez.

Durante todo ese tiempo, aseguran, no hubo una respuesta contundente que resolviera lo que estaba ocurriendo. Y tratándose de académicas feministas con relaciones y respaldo dentro del movimiento, tampoco es difícil entender por qué más de un funcionario pudo preferir no meterse.

Porque, a decir verdad, ¿quién quiere asumir ese costo político? La mayoría del funcionariado, mujeres u hombres, prefiere no tener ni diálogo ni discrepancia. Mirar hacia otro lado fue la salida cómoda, pero quienes denunciaron siguieron ahí, esperando una respuesta. Y también pagando costos. Así como las académicas hoy hablan de las afectaciones que este proceso ha tenido en sus vidas, las denunciantes también tienen una historia que contar sobre lo que les dejó lo vivido. Hablan de afectaciones personales y emocionales, de relaciones que cambiaron, de problemas de movilidad, de estrés económico y de familias que también terminaron afectadas.

Eso también forma parte de esta historia. Lo ocurrido no se quedó en un salón, una oficina o un expediente universitario. Según sus testimonios, llegó a sus casas y trastocó su vida cotidiana.

Las cuatro académicas que hoy están fuera de la institución —María Teresa, Delmy Tania, Karla Lizbeth y Marisol— tienen otra versión. Sostienen que son víctimas de persecución y violencia institucional y cuestionan el procedimiento mediante el cual fueron separadas.

La UNICACH sostiene: que existieron procedimientos y elementos relacionados con conductas de acoso laboral, racismo, exclusión e invisibilización.

Son acusaciones graves. Y por tanto, las partes deben ser escuchadas y presentar pruebas.

GAJES DEL OFICIO

Nosotros, Chiapas En La Mira, publicamos los testimonios detrás de este caso. Y en lugar de que se responda a esas denuncias, nos convertimos en el medio señalado: las académicas separadas de su cargo nos acusan de ser un medio pagado por la universidad y de promover una polarización entre mujeres «buenas» y «malas»; sus defensoras, por su parte, nos acusan de dividir al movimiento feminista. Ahora resulta más fácil señalar al medio que asumir la parte de responsabilidad que les corresponde ante lo sucedido.

Va de nuevo: cuestionar a una mujer no es cuestionarla por ser mujer, es cuestionar el ejercicio abusivo del poder. Es cuestionar la instrumentalización. Ser mujer no exime de la rendición de cuentas. Y si el género bastara para eximir a alguien de responder por sus actos, ¿en qué se diferenciaría ese privilegio del propio poder patriarcal que se dice combatir? ¿de qué sirve tanta teoría si no se traduce en práctica y transformación?

NINGUNA DE LAS DOS ACUSACIONES SE SOSTIENE.

Chiapas En La Mira no creó las diferencias dentro del CESMECA. No abrió los procedimientos. No integró los expedientes. No decidió los ceses. Tampoco resolverá las impugnaciones. Publicamos lo que documentamos: los testimonios de quienes se acercaron a denunciar violencia por parte de otras mujeres dentro de ese espacio. Es el mismo criterio que hemos aplicado en otros casos frente a instituciones educativas públicas —el Instituto Tecnológico de Tuxtla Gutiérrez, la UNACH y la propia UNICACH— sin que entonces se hablara de un medio «pagado».

Con la segunda acusación —que dividimos al movimiento— atribuirle a una publicación el poder de fracturar un movimiento social con décadas de historia, distintas corrientes y miles de integrantes es, en el mejor de los casos, una exageración. Los feminismos tienen debates internos desde mucho antes de que existiera Chiapas En La Mira: hay corrientes comunitarias, radicales, liberales, decoloniales, indígenas, autónomas, institucionales y más, con desacuerdos profundos entre sí. Quien haya participado en congresos, encuentros o colectivos feministas sabe que las dinámicas internas pueden ser especialmente rudas y generar fracturas por sí solas, sin necesidad de nada externo. Eso forma parte de cualquier movimiento social vivo. Responsabilizar a un medio de esas diferencias es ignorar la propia historia del movimiento. Y, en el peor de los casos, es una inversión del argumento para desviar la atención de lo sustancial: ¿qué ocurrió realmente dentro del CESMECA para que existan testimonios tan preocupantes sobre el ejercicio del poder de las cuatro académicas separadas de la Universidad?

Esa es una pregunta que debería ocupar la conversación pública. 

Mientras tanto, vale contar qué puede pasar en este oficio…

Hay momentos en que una publicación beneficia la narrativa de alguien, y entonces el medio parece necesario. Cuando otra publicación cuestiona esa misma narrativa, el medio se vuelve incómodo. Una de las académicas lo dejó claro con su propio lapsus de opinión sobre la prensa, dicho en plena conferencia. Así es el oficio.

En nuestro caso, publicamos con el mismo criterio sin importar a quién beneficie o incomode la información. Hoy puede ser una institución o el funcionariado. Mañana puede ser un partido, una empresa o una académica.

Buscar medios aliados que den voz a una postura, o convocar a otras académicas que la respalden, es válido: es generar soporte. Es, de hecho, exactamente lo que están haciendo las propias académicas. En nuestro caso, simplemente hemos dado voz a quienes se han acercado a nosotr@s.

No todo lo que hemos publicado tiene que ver con feminismo. Este medio ha abierto sus espacios a quienes sienten que nadie les escucha: madres buscando a sus hij@s, familiares de personas desaparecidas, mujeres que denuncian violencia, familias reclamando justicia frente a instituciones mucho más poderosas que ellas. Visibilización y seguimiento periodístico: no sustituimos a instancias, abogad@s ni autoridades, pero tampoco abandonamos una historia después de publicarla.

Y esto no se ha hecho solo con mujeres. También hemos publicado denuncias de hombres, trabajador@s, estudiantes y comunidades. El criterio es siempre el mismo: ¿existe un asunto de interés público que merece conocerse?

«QUE MUESTREN LAS PRUEBAS»

Ha circulado la exigencia de «que exhiban las pruebas contra las docentes». Una cosa es exigir que las pruebas existan. Otra, muy distinta, es exigir que se exhiban íntegras en redes sociales, sobre todo cuando hay información que puede revictimizar a denunciantes. Transparencia no significa exhibición.

Entre dos narrativas con enorme capacidad de difusión hay una parte que corre el riesgo de desaparecer: quienes se han atrevido a denunciar. También tienen derecho a ser escuchadas y a que su testimonio no sea desacreditado automáticamente por la trayectoria de las personas señaladas. Ni una denuncia constituye prueba de responsabilidad, ni un currículum constituye prueba de inocencia. Ese principio debería pesar particularmente en un espacio dedicado a estudios feministas: durante décadas se ha luchado para que la palabra de quien denuncia no se descarte solo por enfrentar a alguien con más poder o reconocimiento.

EL PODER QUE NO ESTÁ SOLO EN LA RECTORÍA

Este caso no es solo un conflicto laboral. Plantea algo más complejo: ¿qué significa sororidad cuando una mujer denuncia a otra? ¿Cerrar filas automáticamente con quien es reconocida dentro del movimiento feminista? Nos parece que no. La sororidad no puede convertirse en un mecanismo que decida de antemano qué mujer merece ser escuchada y cuál no. Si pedimos escuchar a las mujeres cuando denuncian estructuras masculinas, ¿deja de importar su palabra cuando denuncian a otra mujer? Escuchar tampoco significa creer automáticamente todo: significa permitir que una voz exista y que después los hechos sean investigados.

El foco ha estado sobre la rectoría, y con razón: es la máxima autoridad y la que evade el costo político. Pero dentro de una universidad hay muchos espacios de poder además de la rectoría: quien imparte clases, quien dirige una tesis, quien evalúa. Esto es especialmente relevante en un espacio dedicado a estudiar relaciones de poder: ese poder no desaparece al entrar a un salón donde se estudia feminismo. Y esas relaciones tienen dirección —hacia arriba, hacia los lados y hacia abajo—.

¿Reconocemos la violencia solo cuando viene de quien ya veíamos con desconfianza, de una institución que llevamos años cuestionando? Ahí es fácil. Lo difícil es reconocerla cuando quien es señalada comparte nuestro espacio ideológico, o algo más cercano aún: nuestros afectos.

Ahí aparece una frase que se repite cada vez que alguien conocido es señalado: «yo la conozco, y conmigo nunca ha sido así». Pero las relaciones humanas no son uniformes. Se puede ser una excelente colega con quien está a tu nivel y una autoridad completamente distinta con quien depende de tus decisiones. Que exista ese testimonio de cercanía no borra la denuncia de quien vivió otra cosa. No prueba que la violencia existió. Tampoco prueba que no. Prueba, nada más, que ambas voces pueden ser ciertas al mismo tiempo.

LA REACCIÓN QUE CONFIRMÓ LO QUE DENUNCIÓ

Una de las denunciantes dio voz y contó su versión en un video que publicamos en este medio. Podrá cuestionarse su actuar, pero las reacciones que ha recibido terminan confirmando justo lo que denunció, porque de inmediato trasladaron la discusión hacia su apariencia.

Usar una prenda tradicional no hace verdadero un testimonio. Pero tampoco lo hace falso. Y convertir la vestimenta de una mujer en argumento para desacreditarla es, cuando menos, contradictorio dentro de una discusión feminista.

También se le cuestionó no mostrar el rostro. Visto lo que vino después, ahora se entiende mejor por qué lo pidió: son lamentables las agresiones que se han expresado en redes.

Como medio, esto ya lo hemos vivido antes. Alguien es señalad@, sus cercan@s salen a defenderlo a ultranza, y con el paso del tiempo los hechos terminan dándole la razón a las denuncias que se cuestionaron desde el principio. Denuncias hechas, muchas veces, por personas que no encontraron ninguna otra forma de hacerse escuchar.

MIRARSE

No cabe duda: el ojo no se ve a sí mismo. Y lo dicho fue discursivamente revelador: la arrogancia de quien cree que asumirse feminista otorga un pedestal de excepción, un pedestal desde el cual ya no se carga ningún rasgo de violencia patriarcal. ¿Son de otro planeta? ¿No crecieron en este mismo sistema, en este mismo mundo? Nadie nace fuera del patriarcado, y es justo ese pedestal el que hace que su propio constructo patriarcal se les esté saliendo de control. La rotunda negativa a mirarse autocríticamente ya dice mucho.

Si este medio ha incomodado, qué bueno.

Si las herramientas del feminismo sirven para cuestionar el poder afuera, que sirvan para reconocerlo adentro. Y si incomoda hacerlo, quizá precisamente por eso sea necesario.

Y está bien que esta discusión pudiera seguir en la revisión autocrítica del mundo académico, llámese UNICACH, UNACH, CESMECA, ECOSUR, COLMEX, FLACSO y todas aquellas que aportan en la investigación y cuestionan las relaciones de poder, y revisarse si están realmente transformando o reproduciendo en la práctica.

ENTRE EL DISCURSO Y LA PRÁCTICA

Hablando del vestir, me pregunto si a la Dra. Mercedes Olivera se habría presentado a un sínodo disfrazada de bruja de Halloween, so pretexto de intervención pedagógica, y aprovecharse de ello para desplazar lo sustantivo: el esfuerzo, el tiempo, la investigación de quien sustenta.

Se nostalgia: un día cualquiera, toparse con ella, un@ en calidad de ensopamiento por esas lluvias heladas que solo San Cristóbal sabe dar, tener un lugar en su vochito blanco. Un trayecto cátedra rumbo a María Auxiliadora. Y al final, un café que llegaba antes en su aroma que en la taza.

Que siga el posgrado de Estudios e Intervención Feministas es la oportunidad de hacerlo mejor: es deber de la Universidad y de la rectora, como toda la Universidad. Está en sus manos y es su responsabilidad hacerlo.

*

Querían atención: ahora la tienen.

Querían reflectores: ahora los tienen.

Querían opinión pública: ahora la tienen.

Querían canales de comunicación: ahora los tienen.

Querían movilización: ahora la tienen.

Sigamos.

Chiapas en la Mira

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