CÉSAR ESPINOSA EN EL ICATECH: PUSO LA CÁMARA, LA MÚSICA Y HASTA LA REVERENCIA

 CÉSAR ESPINOSA EN EL ICATECH: PUSO LA CÁMARA, LA MÚSICA Y HASTA LA REVERENCIA

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CÉSAR ESPINOSA EN EL ICATECH: PUSO LA CÁMARA, LA MÚSICA Y HASTA LA REVERENCIA

COLUMNA | CHIAPAS EN LA MIRA

Chiapas | 17 de agosto de 2026
@ChiapasEnLaMira

César Espinosa quiso presumir trabajo y terminó ofreciendo una demostración pública de servilismo.

No necesitó que nadie lo balconeara: él mismo acomodó la cámara, puso la música y comenzó la reverencia.

El director del ICATECH salió a entregar apoyos de seis mil pesos a micronegocios de Tuxtla Gutiérrez. Una actividad institucional que pudo explicarse con padrones, criterios, montos y resultados.

Pero no.

Espinosa convirtió una entrega de dinero público en una exhibición de arrastre frente al poder: llamó “gran dirigente” al gobernador Eduardo Ramírez, se deshizo en halagos y remató con su “abrazo combativo y revolucionario”. Combativo, quién sabe contra quién. Para agachar la cabeza ante el jefe, en cambio, se le vio bastante entrenado.

«“Estamos muy contentos porque estamos cerrando la semana muy movida”.»

Y vaya que anda movido.

Movido para grabarse, aparecer y dejar perfectamente documentado que César Espinosa anda haciendo lo que le ordenaron.

Sobre resultados, impacto o evaluación del programa, el entusiasmo disminuye considerablemente.

Para la cámara, hiperactivo. Para las cuentas, más reposado.

«“Como me lo mandató el gran dirigente Eduardo Ramírez”.»

Aquí ya no hizo falta interpretar nada.

No dijo gobernador.

No dijo titular del Ejecutivo.

Dijo “el gran dirigente”.

Casi faltó la fanfarria.

La frase tiene menos de institucional y mucho más de lacayo buscando que desde Palacio alguien vea el video y diga: “ese sí entendió”.

Una cosa es recibir una instrucción administrativa y otra ponerse voluntariamente de tapete verbal.

A Espinosa nadie le pidió semejante elongación.

No le bastó obedecer: necesitaba que quedara grabado lo emocionado que está de obedecer.

Hay quienes hacen la barba en privado.

César Espinosa, en cambio, parece haber decidido que para arrastrarse frente al poder no basta con hacerlo: hay que grabarlo, musicalizarlo y publicarlo, no vaya a ser que el jefe se pierda el esfuerzo de verlo bien pegado al piso.

«“Seguimos recorriendo las colonias de Tuxtla Gutiérrez”.»

Eso asegura.

En marketing político no siempre hace falta recorrer todos los días el territorio; basta con conseguir que parezca que uno vive recorriéndolo.

Una toma aquí, un saludo allá, una entrega, una sonrisa y publicación en redes.

Territorio para la foto. Cercanía para Facebook. Presencia para el algoritmo.

Cuánto recorre realmente es otra historia.

Espinosa no necesita caminar tanto como presume; necesita que la cámara camine por él.

«“Micronegocios que se encontraban en el olvido”.»

Qué conveniente palabra: “olvido”.

Primero se presenta a la gente como abandonada. Después aparece el gobierno con seis mil pesos. Finalmente, el funcionario explica que todo ocurre gracias al “gran gobernador”.

El viejo truco del benefactor.

Solo tiene un inconveniente:

el dinero no es de ellos.

No salió de la cartera de Eduardo Ramírez.

Mucho menos de la de César Espinosa.

Es dinero público.

Durante el sabinismo se exprimió hasta el cansancio esta fórmula: personalizar los apoyos, repartir dinero público y convertir una obligación gubernamental en gratitud hacia el gobernante.

Ahora aparece una versión todavía más degradada del mismo espectáculo.

Antes había templetes.

Ahora hay celular y rola.

La tecnología cambió. La maña no tanto.

«“Gracias al gran gobernador Eduardo Ramírez, están recibiendo este valioso apoyo”.»

Por si faltaba otra reverencia.

Pero Eduardo Ramírez no está repartiendo una herencia familiar y César Espinosa tampoco está regalando sus ahorros.

La ciudadanía pone el dinero.

Ellos lo administran.

El problema empieza cuando el recurso lo pone la sociedad, pero la gratitud quieren cobrarla ellos.

Y en la ruta del presupuesto también está Manuel Pariente Gavito, secretario de Finanzas.

Si el dinero público termina convertido en escenografía para el lucimiento político, alguien debería recordar que entre las partidas presupuestales no existe una denominada “culto al jefe”.

El servilismo podrá salir gratis.

La función pública no.

«“El programa se cerró, solo estamos entregando y verificando a ras de tierra que el micronegocio exista”.»

Aquí se acaba un momento la comedia.

¿Están entregando el dinero y apenas verificando que el negocio exista?

Entonces corresponde explicar cómo fue autorizado previamente.

¿Quién integró el padrón?

¿Quién comprobó la existencia de los negocios?

¿Con qué requisitos?

¿Quién decidió quién recibía seis mil pesos y quién quedaba fuera?

Porque “a ras de tierra” suena muy bonito para Facebook.

Administrativamente, una visita grabada no sustituye un expediente.

Si todo está en orden, la solución es sencilla: publiquen padrón, criterios, monto total ejercido y mecanismos de comprobación.

Menos rola y más cuentas.

«“A fondo perdido”.»

A fondo perdido para quien recibe.

No para quien fiscaliza.

El beneficiario no devuelve el apoyo como un crédito. Eso no significa que el gobierno pueda perder también el rastro del recurso.

Fondo perdido no puede terminar en padrón perdido, comprobación perdida, fiscalización perdida y responsable perdido.

«“Por eso seguimos movidos con esta excelente rola”.»

Y llegó la música.

Porque aparentemente la reverencia necesitaba acompañamiento.

Quizá padrones, reglas de operación y fiscalización resultaban demasiado aburridos.

Mejor una rola.

Mientras Espinosa elogia al “gran dirigente”, entrega recursos y aparece en colonias, el video adquiere ese aire de producción política que nadie pidió.

Cuesta saber si estamos viendo al director del ICATECH o la audición de un animador para la próxima campaña.

Para explicar cuánto costó el programa y quién recibió el dinero hubo bastante menos producción.

«“Nos vemos en las colonias. Abrazo combativo y revolucionario”.»

Y entonces apareció el “revolucionario”.

César Espinosa.

Director de un organismo público, con sueldo, estructura, oficina y presupuesto.

Un “revolucionario” bastante cómodo, bastante bien alimentado y bastante rebosante para tanta épica combativa.

¿Combativo contra quién?

¿“Revolucionario” de qué exactamente?

Porque su “revolución” no tiene barricadas, clandestinidad ni sacrificio.

Tiene cargo, cámara, música y depósito quincenal.

Ya estaban el “gran dirigente”, los apoyos, la cámara y la rola.

Faltaba la pose heroica.

Y llegó:

“Abrazo combativo y revolucionario”.

“Revolucionario” para la despedida; dócil frente al poder.

Combativo en el discurso; bastante domesticado cuando toca mirar hacia arriba.

Al final, el video no contó cuánto hizo César Espinosa por los micronegocios. Contó, con bastante claridad, hasta dónde está dispuesto a rebajarse para que el jefe lo vea.

Chiapas en la Mira

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