BÁRBARA ALTÚZAR: CUANDO LA SOBERBIA POLÍTICA PESA MÁS QUE LAS MEDALLAS
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BÁRBARA ALTÚZAR: CUANDO LA SOBERBIA POLÍTICA PESA MÁS QUE LAS MEDALLAS
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas | 3 de agosto de 2026
@ChiapasEnLaMira
Escuchar a Celeste Michelle Marín Méndez llorar mientras pide que no despidan a su entrenador rompe el alma.
No porque el llanto deba sustituir los argumentos, sino porque detrás de esas lágrimas hay una atleta chiapaneca, bicampeona nacional y preseleccionada para competir por un lugar en los Juegos Panamericanos Juveniles, obligada a hacer públicamente lo que la directora del Instituto del Deporte debió resolver desde una oficina: escuchar, revisar resultados y proteger un proceso deportivo.
Celeste no estaba pidiendo un privilegio.
Estaba rogando que no le quitaran a su entrenador días antes de viajar, el próximo 23 de agosto, a su selectivo en Tabasco.
Estaba pidiendo que se respetaran siete años de trabajo conjunto.
Estaba defendiendo a Manuel López Romero, entrenador de origen cubano, de 76 años, quien, de acuerdo con el testimonio de la propia atleta, lleva una década trabajando en Chiapas y ha contribuido a obtener 46 medallas nacionales.
La escena es brutal por lo que revela: en Chiapas, una campeona tiene que llorar frente a las cámaras para intentar conservar al hombre que la preparó, la acompañó y la llevó al podio.
Mientras ella llora, la directora decide.
Y quien decide es Kathleen Bárbara Altúzar Galindo.
DE LA POLÍTICA AL DEPORTE
Altúzar Galindo es licenciada en Administración por la Universidad del Valle de México. Entre los antecedentes públicos localizados aparece su participación en la dirección logística y organización de eventos deportivos entre 2014 y 2019. Posteriormente fue regidora plurinominal de Tuxtla Gutiérrez por Movimiento Ciudadano durante el Ayuntamiento 2021-2024. También buscó una candidatura a diputada local por ese partido y, después, se incorporó al equipo de asesores y proyectos estratégicos del gobernador Eduardo Ramírez Aguilar. (Cuarto Poder Chiapas)
En julio de 2025 fue nombrada directora general del Instituto del Deporte del Estado de Chiapas. Actualmente, el directorio oficial la reconoce como responsable de conducir la política deportiva estatal, planear programas, evaluar proyectos y garantizar el funcionamiento de las áreas encargadas del desarrollo deportivo, la medicina aplicada, la capacitación de entrenadores, los talentos y las instalaciones. (UnoTV)
Pero organizar eventos deportivos no es lo mismo que formar atletas.
Coordinar una carrera, montar un escenario, ocupar un asiento en el presídium o acompañar al gobernador en una ceremonia no convierte automáticamente a nadie en especialista en alto rendimiento.
La trayectoria pública de Bárbara Altúzar está marcada principalmente por la administración, la política partidista, el Cabildo, las candidaturas y la asesoría gubernamental. No aparece, entre los antecedentes públicos consultados, una trayectoria como atleta de alto rendimiento, entrenadora, metodóloga, fisioterapeuta, médica deportiva o directora técnica de selecciones.
Y eso importa.
Porque cuando no se domina la materia, la primera obligación es escuchar a quienes sí la conocen.
No despedirlos por incomodar.
EL ENTRENADOR QUE ALZÓ LA VOZ
Según el testimonio público de Celeste, Manuel López Romero no fue separado por falta de resultados.
Tampoco porque abandonara los entrenamientos.
No porque dejara solos a sus atletas.
La deportista sostiene que el conflicto surgió después de que el entrenador reclamara mejores condiciones para el área de halterofilia.
Pidió tarimas seguras.
Pidió equipo en condiciones adecuadas.
Pidió atención médica.
Pidió fisioterapeutas.
Pidió que los atletas no tuvieran que prepararse entre superficies hundidas, material deteriorado y riesgos de lesión.
Celeste aseguró que las tarimas estaban desniveladas, que había un hundimiento en el gimnasio, que varios jóvenes tenían que compartir el mismo espacio de entrenamiento y que parte del equipo adquirido no llegó al área.
También afirmó que atletas chiapanecos acudieron lesionados a las competencias nacionales y que no fueron acompañados por fisioterapeutas.
Todo eso exige una explicación pública.
¿Las instalaciones estaban dañadas?
¿Existían dictámenes sobre las tarimas?
¿Qué equipo fue comprado?
¿Qué material se entregó?
¿Qué material quedó pendiente?
¿Quién autorizó que atletas de alto rendimiento entrenaran en esas condiciones?
¿Contaron con personal médico y fisioterapéutico durante las competencias nacionales?
El Instituto del Deporte tiene dentro de su estructura un Departamento de Medicina y Ciencias Aplicadas al Deporte, una Oficina de Talentos Deportivos y una Oficina de Instalaciones Deportivas. Por tanto, no puede responder que estos asuntos son ajenos a sus responsabilidades. (Gobierno de Chiapas)
La separación del entrenador no elimina las preguntas.
Las hace más graves.
Porque, según la versión presentada por la atleta, Manuel López Romero alzó la voz para exigir condiciones dignas y terminó fuera.
Cuando una institución responde a una denuncia de precariedad separando a quien denuncia, el mensaje para los demás entrenadores es claro: aquí no se premia la exigencia; se premia el silencio.
¿FUE DESPEDIDO POR LOS RESULTADOS O POR INCOMODAR?
Bárbara Altúzar debe explicar públicamente cuál fue la causa administrativa, laboral y técnica de la salida de Manuel López Romero.
No basta con enviarle un documento.
No basta con decir que llegará otro entrenador.
No basta con esconderse detrás de Recursos Humanos.
Un proceso de alto rendimiento no es una silla que puede ocupar cualquier persona al día siguiente.
Existe una relación técnica, física y emocional entre atleta y entrenador. Hay cargas de trabajo, evaluaciones, correcciones, prevención de lesiones, conocimiento corporal, confianza y una planificación construida durante años.
Celeste comenzó a trabajar con Manuel López desde los 11 años.
Ha pasado siete años bajo su dirección.
De acuerdo con su testimonio, durante ese periodo obtuvo 11 medallas nacionales y actualmente es bicampeona nacional.
Separar a su entrenador semanas antes de un selectivo internacional no parece una decisión pensada desde las necesidades de la atleta.
Parece una decisión tomada desde el escritorio.
Y posiblemente desde el orgullo.
Porque aun cuando el entrenador hubiera levantado la voz o utilizado una forma considerada inadecuada para dirigirse a la directora, la respuesta institucional debió ser proporcional, profesional y orientada a resolver el problema.
Se pudo dialogar.
Se pudo apercibir.
Se pudo instalar una mesa técnica.
Se pudieron revisar las instalaciones.
Se pudieron escuchar los reclamos.
Se pudo analizar su expediente y sus resultados.
Pero despedirlo —si esa fue finalmente la decisión— transmite la impresión de que para Bárbara Altúzar pesó más la manera en que fue cuestionada que el contenido del cuestionamiento.
Y una servidora pública que no soporta que le señalen deficiencias no está defendiendo la institución.
Está defendiendo su ego.
LA CAMIONETA, EL PROTOCOLO Y LA DISTANCIA
Dentro del Instituto y entre personas vinculadas al deporte se describe a una directora distante, rodeada de protocolo, a quien le abren la puerta de la camioneta, le indican dónde colocarse y a quién saludar, y que procura llegar a los eventos cuando ya existe público suficiente.
Esos señalamientos deben documentarse y escucharse con responsabilidad. No pueden presentarse automáticamente como hechos probados, pero sí reflejan una percepción que la propia funcionaria debería atender.
La soberbia no siempre se expresa con un grito.
También se expresa cuando una funcionaria necesita que le indiquen a quién saludar porque desconoce a quienes sostienen diariamente el deporte.
Se expresa cuando se privilegia la fotografía sobre el diálogo.
Cuando se llega al evento, pero no al entrenamiento.
Cuando se conoce el presídium, pero no las tarimas.
Cuando se abraza al medallista después de la competencia, pero se ignoran las condiciones en las que tuvo que prepararse.
Cuando una directora aparece en las ceremonias, pero una campeona tiene que entregar una solicitud por escrito y esperar porque supuestamente “no está”.
El problema no es que Bárbara Altúzar baje de una camioneta.
El problema es que parece existir una enorme distancia entre esa camioneta y el gimnasio donde los atletas entrenan con equipo deteriorado.
76 AÑOS NO SON DESECHABLES
Manuel López Romero tiene 76 años.
Según Celeste, entrena de lunes a sábado y, en ocasiones, también los domingos. Se presenta por la mañana para atender a quienes no pueden entrenar por la tarde y regresa después para trabajar con quienes estudian o tienen otros horarios.
No se trata de romantizar el sacrificio ni de asegurar que la edad vuelve intocable a una persona.
Se trata de reconocer que un adulto mayor con una década de servicio, resultados deportivos documentables y una relación consolidada con sus atletas merece un procedimiento digno.
Merece ser escuchado.
Merece conocer las razones precisas de su separación.
Merece que sus resultados sean evaluados.
Merece que cualquier diferencia con la directora no se convierta en una sentencia administrativa.
Si Manuel López cometió alguna falta grave, que el Instituto la informe y la acredite respetando sus derechos laborales y de audiencia.
Pero si su falta fue exigir mejores condiciones para sus atletas y hablar con firmeza frente a la directora, entonces no estamos ante una reestructuración.
Estamos ante una represalia.
Y sería una represalia particularmente cruel: castigar al entrenador y dejar sin dirección técnica a los jóvenes que dependían de él.
UNA ATLETA NO DEBERÍA ESTAR LLORANDO PARA SER ESCUCHADA
Celeste intentó medir sus palabras.
Dijo que no quería hablar mal del Instituto.
Agradeció la beca otorgada por el gobernador.
Reconoció los apoyos recibidos.
Pero lloró.
Lloró porque el lunes podía quedarse sin entrenador.
Lloró porque se aproxima una competencia que podría definir su futuro.
Lloró porque el hombre que la acompaña desde los 11 años ya no estaría a su lado.
Lloró mientras explicaba que su entrenador se preocupa incluso por saber si ya comió antes de llegar a entrenar.
La imagen debería sacudir al gobernador Eduardo Ramírez Aguilar.
Una joven que ha representado a Chiapas y ha conseguido medallas no debería recurrir a una conferencia para pedir que una funcionaria escuche.
No debería suplicar por continuidad deportiva.
No debería preocuparse por quién dirigirá su preparación a unas semanas de un selectivo.
No debería cargar, además de las pesas, con la incertidumbre provocada por decisiones políticas.
BÁRBARA ALTÚZAR DEBE RESPONDER
La titular del Instituto del Deporte debe salir del discurso prefabricado sobre sensibilidad, confianza y desarrollo integral.
Cuando asumió el cargo prometió fortalecer las políticas públicas y atender el desarrollo de las y los atletas. Ahora tiene frente a ella una oportunidad concreta para demostrar si aquellas palabras eran un compromiso o solamente parte del protocolo de toma de protesta. (Zona de Campeones)
Debe responder:
¿Por qué fue separado Manuel López Romero?
¿Existe un expediente administrativo en su contra?
¿Se le concedió audiencia?
¿Se evaluaron sus resultados?
¿Se consultó a los atletas?
¿Quién dirigirá la preparación de Celeste antes del selectivo del 23 de agosto?
¿En qué condiciones se encuentra el gimnasio de halterofilia?
¿Por qué hay señalamientos sobre tarimas deterioradas y equipo insuficiente?
¿Por qué una atleta afirma que no contaron con fisioterapeutas durante las competencias nacionales?
¿Por qué el entrenador que denunció estas condiciones terminó despedido?
Y la pregunta más incómoda:
¿FUE SEPARADO POR UNA FALTA REAL O POR HABER LASTIMADO EL ORGULLO DE LA DIRECTORA?
EL DEPORTE NO ES UNA AGENCIA DE COLOCACIÓN POLÍTICA
El Instituto del Deporte no puede funcionar como refugio de figuras partidistas que pasan de una regiduría a una candidatura, de una candidatura a una asesoría y de una asesoría a una dirección general.
Administrar el deporte no consiste en encabezar carreras, repartir reconocimientos, tomarse fotografías ni repetir que la actividad física reconstruye el tejido social.
Consiste en garantizar instalaciones seguras.
Equipamiento suficiente.
Entrenadores capacitados.
Atención médica.
Fisioterapia.
Planeación.
Continuidad.
Respeto.
Y resultados.
Las medallas no se consiguen desde el asiento de una camioneta.
Se consiguen sobre tarimas, pistas, canchas y gimnasios.
Se construyen durante años, con disciplina, dolor, lesiones, alimentación, madrugadas y renuncias personales.
Por eso resulta ofensivo que quienes llegan por decisiones políticas puedan deshacer, mediante un oficio, el trabajo que atletas y entrenadores construyeron durante una década.
Bárbara Altúzar puede tener el nombramiento.
Puede tener la oficina.
Puede tener el vehículo oficial, el equipo de protocolo y el lugar reservado en los eventos.
Pero las medallas de Celeste no las ganó ella.
Las 46 medallas atribuidas al trabajo de Manuel López tampoco llegaron por una fotografía institucional.
Las obtuvieron atletas que entrenaron bajo precariedades y un entrenador que, según ellos mismos denuncian, estuvo dispuesto a confrontar a la autoridad para defenderlos.
El poder político podrá retirar un contrato.
Lo que no puede borrar son los resultados.
Y tampoco puede impedir que se formule la pregunta que hoy debe escuchar todo Chiapas:
SI ASÍ SE TRATA A UN ENTRENADOR DE ALTO RENDIMIENTO QUE HA DADO RESULTADOS DURANTE DIEZ AÑOS, ¿QUÉ PUEDEN ESPERAR LAS Y LOS ATLETAS QUE TODAVÍA NO TIENEN MEDALLAS, CONTACTOS NI UNA CÁMARA FRENTE A ELLOS?
